Quiero lo infinito

Actualizado: 3 ago

Quiero lo infinito / Volver hacia mí, / Ya florece la flor intemporal del otoño / de mi alma, / Tal vez sea demasiado tarde para volver, /¡Oh, muero entre vosotros! / Porque con vosotros me ahogo. /Quisiera tejer hilos a mi alrededor / ¡Acabando en confusión! / Enmarañando. / Tumbándoos, / Para huir / Hacia mí.



La mejor manera de abordar la práctica de una obra es la de adoptar la actitud que toma un niño o una niña ante la realidad que le envuelve, preguntarse por lo más inmediato, por lo que sorprende más directamente.

Escoger un criterio crítico o un patrón a priori de interpretación no ha de facilitar las cosas, sino más bien entorpecerlas. Una actitud ingenua ante lo que se lee, se hace u observa permite un acercamiento mucho más activo y real, y, lo que es más importante, ofrece la posibilidad, por adulto y racional que uno se crea, de dejarse fascinar con lo que se aprende, de disfrutar y de sentirse, por un rato, niñ@.

No es sólo el espectador quien debe hacer un esfuerzo de observar sin ningún tipo de prejuicios lo que se desarrolla en el escenario; también los actores y las actrices se enfrentan a la dificultad que supone la creación de una expresión sencilla e ingenua. Observar y tratar de hablar sobre lo que observamos, no pretender ni demostrar ni denunciar, sino sugerir; no pretender que el espectador entienda lo que se hace en el escenario, sino que lo observe e intervenga en lo que observa. Tanto espectador como actor/actriz observan, ambos son aprendices, ambos juegan a ser niñ@s.

Ya en el proceso de formación, el actor/actriz acostumbra a trabajar continuamente a partir de la experimentación y de la improvisación, y, por lo tanto, está más acostumbrado a vérselas consigo mismo y a aceptar su falibilidad y vulnerabilidad. No se da, así, por malo, lo que a primera vista parece poco resultón; y viceversa, no se da por bueno y concluido lo que garantiza el éxito.

Mis intervenciones y las consignas de trabajo que doy a mis alumnos y alumnas son tal vez extrañas, deliberadamente confusas y ofrecen un amplio abanico de posibilidades de interpretación. Por otra parte, pueden sentirse muy tentad@s a probar alguna de las consignas de trabajo como hacer "movimientos de bebé" o "pensar una frase muy sencilla y expresarla sin palabras".

El conocimiento de este trabajo podría servir, cuanto menos, para clarificar y enriquecer algunos aspectos que no acaban de estar del todo asumidos. Buscamos lo original mucho más cerca, allí donde la etimología de la palabra indica: en el propio origen.

La verdadera esencia del teatro consiste en una conexión activa entre actor/actriz y público, conexión que no sería posible si el teatro no estuviera sustentado por la experiencia real. No cabe duda de que una niña, rodeada de un mundo en el que se tienen que explicar todavía muchas cosas, puede comprender lo verdadero, lo realmente sentido, lo más abstracto, con mucha más facilidad.

Lo imposible, por mucho que no queramos aceptarlo, es una posibilidad entre otras. Experimentarse, buscarse, tal vez, encontrar. Dar tiempo al proceso estimula a romper con las formas existentes, a abrirse a nuevos descubrimientos. Cada persona tiene que poder ser lo que él o ella quiere o lo que ha desarrollado, y no me refiero sólo al ensayo. Lo que yo hago es mirar a las personas y no conozco nada que sea más importante. Las palabras no son lo mío, lo que ocurre en escena hay que experimentarlo, yo no puedo decirlo, no teóricamente. Las palabras nos protegen de la fluctuación.

Un rasgo universal de las obras artísticas es el intento de las personas por luchar contra lo efímero de las palabras y de la imágenes, de las situaciones y de las experiencias; y de afirmarse en una realidad que a menudo se nos escapa. Los "personajes", como en la vida, tratan de conseguir seguridad en un entorno inseguro. Las obras se resisten a ser catalogadas en un concepto global unívoco, no hay imparcialidad que valga para describirlas e interpretarlas. Son mucho más de lo que podemos ver a simple vista, se unen y amplían con las experiencias personales, no se dejan separar de la propia historia porque ésta no se limita únicamente a lo que se ve en el trabajo visible.

Podemos experimentar y constatar hasta qué punto las posibilidades de perspectiva y de apreciación de una misma cosa son distintas en cada individuo cuando se concede la oportunidad de ver las cosas del revés. Un teatro abierto. Un teatro donde se reconoce las dudas y la inseguridad, las esquinas y los cantos con los que podemos darnos un tortazo, y aquellas antiguas heridas que inesperadamente vuelven a abrirse. Proponiendo preguntas para que las respuestas queden abiertas. Sería muy presuntuoso por mi parte el querer responderlas.

Considero que es muy importante afirmar esos sentimientos que no se pueden catalogar de manera precisa. Aún así deben afirmarse, aunque ni siquiera se puedan definir, solamente esbozar, sin tener la obligación de decir: esto es así.

Aceptarse. Tus sentimientos, tus experiencias, tus evoluciones. Avanzar hacia el peligro sin preconcebir un plan. El trabajo surge entre todos y todas y a medida que avanza, las premisas utilizadas se modifican, crecen, se expanden, se amplían y se replantean constantemente. Es esa "otra cosa" la que no puede pasar desapercibida pero que es una diferencia fundamental: una franqueza sin límites, como un abrirse sin condiciones a las emociones y a las experiencias, o como un rechazo de los conocimientos basados exclusivamente en lo racional y en la convicción absoluta.

En definitiva, tener mucho más valor y fuerzas para implicarnos con nosotros mismos y para admitir nuestro propio miedo y nuestros propios deseos, nuestra alegría y nuestra tristeza, nuestros sueños, nuestras esperanzas, lo que nos atormenta, nuestras heridas, nuestra vulnerabilidad.

El espacio donde trabajamos ni se impone ni se sobrepone al ser humano, sino que surge de su propia historia. ¿Por qué se pasea el trapecista a esas alturas? El valor y el dominio que se debe tener, como artista, para arriesgarse así es impresionante. Nunca se dice éste es el escenario y aquí hay que hacer la obra; el entorno se va creando a medida que prospera el trabajo. El teatro tiene mucho que ver con el comportamiento de los niñ@s, las obras surgen de este deseo de entregarse a las cosas reales, del deseo de vivir experiencias verdaderas.

El intento de reflejar la realidad se queda en nada ante la realidad misma. Basta fijarse en la gente que anda por la calle. Si los dejásemos pasear por el escenario, sin absurdos, como en la vida de cada día, estoy segura de que el público no podría salir de su asombro. Lo que se ve, eso es lo increíble. Nuestro trabajo, nuestras obras o ensayos, si las comparamos con la realidad, son una nimiedad.

Movimientos naturales. Gente cruzando el escenario como si andaran por la calle. Estereotipos del comportamiento humano. Gestos cansinos y agresivos, apocados y arrogantes, forzados y amistosos, gestos de miedo y de súplica. Reacciones manifiestas ante situaciones que no son visibles. Los movimientos aparentemente individuales son, en realidad, universales y a la vez únicos. No quedan insertos dentro de una historia de teatro, sino que son la historia misma, muestran claramente las huellas de la vida vivida y no vivida.

Basta mirarnos para ver lo transparentes que somos. Nuestra manera de andar o de llevar la cabeza sobre los hombros dice ya mucho de cómo hemos vivido y de lo que nos ha ocurrido, porque de algún modo, todo es visible -lo reprimido, por mucho que tratemos de ocultarlo, también podemos verlo. Hay ciertos puntos que las personas no podemos controlar.

Mi trabajo se enfrenta a estos intentos de (auto) control, haciéndolos manifiestos e inseguros, como cualquier gran personaje, como tener dos manos y no saber qué hacer con ellas. Ver la heterogeneidad y la contradicción en nosotros, y así lo muestro, con y sin máscaras. Cómo te gustaría vivir, pregunta lady Macduff a su hijo en la paráfrasis de "Macbeth": Como los pájaros.

Preguntamos. Hacemos preguntas. Tratamos de buscar qué hay detrás de los clichés, qué hay más allá de las palabras desgastadas por el uso, de las respuestas globales. Preguntamos también como un intento de volver a empezar por el principio, de intentar redescubrirnos y experimentarnos de nuevo a nosotros mismos y a nuestro entorno. Deletreamos, nos movemos, para volver a sentir, a vivir, a amar -para poder romper el hielo, el mar helado, el frío que se cierne dentro y entre nosotros. Trabajamos los puntos vulnerables del ser humano. Ojos, corazón, cuello, pelo, barriga, pecho... ¿Qué hay dentro de ti? ¿Qué hay fuera de ti? Potenciamos el valor para aceptarnos a nosotros mismos y a nuestros propios pensamientos, sentimientos, asociaciones. Haz lo que has imaginado. Simplemente, inténtalo.

Maxim Gorki escribió una vez: El ser humano significa desmesuradamente más de lo que normalmente se piensa, e infinitamente más de lo que él mismo cree.

Puedes hacerlo todo. Puedes reír, puedes llorar. Lo que hacemos aquí tiene que ver con lo sincero y gran parte de esa sinceridad: la predisposición a aceptarse. Con tus cualidades y tus debilidades, tus deseos y tus miedos, tus experiencias, tus emociones, tus recuerdos, tu propia historia. No sólo se trabaja en la obra, también se trabaja para reencontrar cosas de tu vida. Para ello, desaparece el miedo a revelar algo de ti. En parte, gracias a la repetición del trabajo. Es peligroso querer huir y ese es justo el motivo por el que hacemos algo. Todavía estamos de viaje aunque tengamos miedo de que algo se rompa.

94 visualizaciones0 comentarios

Entradas Recientes

Ver todo